La música del club late como un corazón ajeno al mío, un pulso constante que vibra bajo mis pies mientras camino entre las mesas con la bandeja apoyada en la cadera. Intento concentrarme en los pedidos, en las luces, en el murmullo de voces mezclado con risas y copas chocando. Intento no pensar en la ausencia de cierta persona cuyo nombre no quiero pronunciar ni en mi cabeza. No quiero recordarlo. No quiero sentir ese tirón en el pecho que aparece cada vez que su sombra se cruza en mi memoria.