CAPITULO 6

Tengo que aceptarlo León es un encanto de hombre, pero es un gran amigo de Antón, aunque no deja de decir que soy una obra de arte.

—Bueno, ¿y cuándo es la boda? —pregunta León con su copa de vino.

—Pronto —dice Antón.

—Espero mi invitación.

—Así será.

En ese momento llega Alba, que saluda de forma efusiva a León.

—Mira nada más cómo has crecido —dice León con una sonrisa.

—Y tú sigues estando igual de guapo y simpático. Primo, ya está todo listo para la boda.

Cuando Alba menciona eso, siento cómo mi ánimo cae. Al acordarme de las duras palabras de Antón, solo imaginarme todo eso me indispone.

—Si me disculpan, me voy a retirar. Tengo un poco de dolor de cabeza.

Veo cómo Antón se acerca y toma mi rostro.

—¿Quieres que te lleve algo?

Hijo de puta, qué hipócrita me saliste.

—No —le respondo de forma seca.

Me despido de los demás, pero antes escucho que León le dice:

—¿Problemas en el paraíso?

—Nada que un buen sexo no pueda arreglar. - Maldito... no sabes cuánto te odio.

Al llegar a la habitación cierro la puerta con seguro y la trabo con una silla. Así me aseguraré de que no entre ese imbécil.

Al rato escucho cómo alguien intenta entrar y luego oigo sus gritos.

—¡Joder, Ana, abre la puerta! - No le diré nada. Que se joda. —¡Abre la maldita puerta! -Por mí puedes gritar todo lo que quieras. No abriré.

—Antón, ¿qué son esos gritos? —Es León.

—No, hombre, no me deja entrar.

—¿No pues que no era nada que un buen sexo no arreglara? —responde con humor.

—Ya cállate. ¡ANA, ABRE LA JODIDA PUERTA!

—Joder, no seas necio y déjala por hoy. Mañana hablan.

Creo que Antón le hace caso porque ya no se escuchan más voces. Así que ahora sí me dedico a dormir.

A la mañana siguiente me levanto, me doy una ducha rápida y me pongo unos jeans y una blusa.

Corro la silla, destrabo la puerta y salgo de la habitación para ir a comer algo, ya que muero de hambre. Pero me llevo la sorpresa de ver a Antón que, al verme, me toma con fuerza del brazo.

—Que sea la última vez que me dejas afuera de mi habitación.

Me suelto como puedo y lo miro con puro odio.

—No entiendo para qué quieres dormir conmigo.

—¡Eres mi prometida!

—¡Una prometida por negocio! - Creo que ya estoy perdiendo la paciencia.

—Pues me importa una m****a. Tu deber es estar conmigo.

—Pues ve a donde tu mujer... Ah, verdad, no puedes porque está muerta.

Antón pierde el control porque lo siguiente que siento es cómo su mano se estrella contra mi mejilla, haciéndome girar la cara.

—¡¿QUÉ MIERDAS TE PASA?! —grita León mientras se acerca y toma mi rostro—. ¿Estás bien?

—¡No toques a mi mujer!

—¡Mira lo que le hiciste, animal! - Señala mi rostro, que siento palpitar por el dolor. Me sentía aturdida en ese momento, no sabia como reaccionar a lo que acababa de pasar. ¡Antón me golpeo! Donde quedo ese hombre cariñoso que conocí…

—Quiero... quiero irme.

Cuando digo eso, Antón se llena aún más de coraje y me toma del brazo con fuerza.

—Tú de aquí no te vas, y me aseguraré de tenerte.  - ¿Qué quiere decir?

—¡ALBA! ¡ALBA!

—Mierda, ¿cuál es tu griterío? —dice con cara de sueño.

—La boda se hará hoy.

Todos nos quedamos con cara de póker.

—¿Qué? ¿Pero por qué? —dice ella sin entender.

—Porque yo lo digo. Ahora arréglala.

Miro con odio a Antón y veo cómo León y Sandro me observan con lástima.

—Vamos, hay mucho por hacer.

Alba prácticamente me arrastra, pero yo no soy consciente de nada. Solo siento que me hacen cosas, pero no puedo pensar con claridad.

Luego de varias horas, Alba me mira con una enorme sonrisa.

—Quedaste hermosa.

Me levanto y me veo al espejo. Sin poder evitarlo, una lágrima rueda por mi mejilla.

—Hey, no llores. No me gusta verte llorar.

—Alba, ¿me podrías dejar sola, por favor?

Ella me mira con tristeza y luego se va. Todo llega de golpe a mi mente: mi padre, la manera como Antón me secuestró. Él me engañó haciéndome pensar que lo amaba y yo, como una idiota, pensé que él también me amaba. Pero él siempre va a amar a su difunta esposa y yo solo seré su maldito negocio.

—Vaya, estás hermosa. - Me volteo y veo a León, que ya está arreglado. —Pero no te ves feliz.

—¿Crees que después de todo lo que pasó puedo estar feliz?

Él se acerca y, sin que yo me lo espere, me abraza.

—Lo siento tanto.

—Pronto estaré unida a un hombre que solo me ve como un objeto. No quiero una vida así.

Miro a León a la cara y, con la mirada suplicante, le pido:

—Sácame de aquí. Ayúdame a llegar a mi padre, te lo suplico. - Puedo ver en su mirada que se debate entre ayudarme o no.

—Linda, yo...

Somos interrumpidos por Sandro, que nos mira de forma extraña.

—Ya es hora.

Al llegar al altar puedo ver que los ojos de Antón brillan, aunque no entiendo por qué. Los míos solo muestran lo desolada que me encuentro y lo desdichada que soy.

—No quiero ver tus ojos tristes —dice con ternura.

—Entonces para todo esto —le suplico.

—No lo haré. Las cosas serán como yo quiero.

Él jamás me dejará ir. Jamás seré libre... a no ser que...

No... no podría. Mi padre moriría del dolor, pero yo no soportaría estar toda mi vida al lado de un hombre que me ve como un objeto.

Los votos matrimoniales comienzan y cada uno dice el suyo, pero cuando yo termino digo una frase que solo escucha él.

—Prometo odiarte cada día de mi vida y lucharé para salir de tu jaula de oro, así tenga que salir muerta de ella.

Veo que se pone tenso, pero no dice nada.

Al final la ceremonia termina y ahora estoy oficialmente casada con Antón. Cada segundo se me hace más atractiva la idea que tenía desde el inicio, pero esperaré el momento adecuado.

—Felicidades —dice Alba.

—Haré mi primer baile con mi esposa. - ¿Por qué mejor no dices con mi negocio?

Él me arrastra a la pista de baile y comienza a bailar.

—No me gustó lo que dijiste.

—A mí no me gustan tantas cosas y, sin embargo, me las tengo que aguantar. - Pongo mi mano en su parte trasera y tomo lo que necesitaba. —Pero tranquilo, no me quedaré por mucho tiempo aquí.

Me separo y le apunto con el arma. Todos sus hombres me apuntan y él parece sorprendido por mi acción.

—Baja eso. No sabes utilizarla.

Idiota... Yo crecí en la mafia.

En un rápido movimiento le quito el seguro y le vuelvo a apuntar.

—¿Decías...?

—Joder, Ana, baja eso —dice León.

—Tranquilo, no te mataré.

Veo algo de tranquilidad en su mirada, pero esa desaparece cuando me apunto a mí misma.

—Mataré a tu negocio. Vas a sentir por segunda vez lo que es quedar viudo.

—Ana, espera. No cometas una locura. Piensa bien las cosas.

—Yo no tengo nada que perder. Lo perdí todo el día que apareciste. Ya no me importa nada. Al fin me acordé por qué estoy aquí. Si yo muero, ya no tendrás con qué amenazar a mi padre.

—¡Mierda! Le perdonaré la deuda, pero no hagas nada.

—Tu palabra ya no vale nada. Igual no pierdes nada, solo soy un puto negocio.

Cuando voy a disparar, alguien toma el arma que tenía y alcanza a herirme de un tiro en la pierna.

—¡Ahhh!

—¡Ana! —Antón corre hacia mí, pero cuando intenta tocarme yo no lo dejo.

—Aléjate de mí.

—Soy tu esposo. Te juro que no dejaré que vuelvas a hacer esa estupidez. - Me río como una desquiciada.

—Mientras esté contigo no descansaré hasta lograr mi objetivo.

—Entonces no me queda más que encerrarte y mantenerte bajo estricta vigilancia.

—Haz lo que te dé la gana. Ya no me importa nada.

Me levantan y me llevan a una habitación para curar la herida, que no fue muy grave. El doctor se va y, para mi mala suerte, se queda Antón.

—Quiero que te vayas.

—Me iré, pero instalaré unas cámaras aquí.

Le sonrío macabramente.

—Haz lo que quieras. En algún momento encontraré la forma de cumplir mi cometido.

Él me tira sobre la cama y se coloca encima de mí.

—No permitiré que eso pase. - Lo miro con odio, pero también con dolor.

—Pruébame...

Llevo encerrada aquí dos semanas con estricta vigilancia. Todos ven lo que hago. Lo único bueno es que en el baño no hay cámaras. Parezco una puta prisionera.

—Aquí está la comida, señora.

—Gracias.

Miro la comida con asco y, como hago todos los días, la tiro al inodoro. Si no puedo matarme como quiero, al menos lo haré muriéndome de hambre.

—Veo que estás despierta.

Al voltear, la cara de Antón se transforma en una de preocupación.

—¿Estás bien? Te noto muy pálida.

—¿Qué quieres?

—Tu padre llamó y dice que quiere verte. Para que veas que no soy tan inhumano, le dije que podía verte solo si me traía una parte del dinero.

—Claro... la plata por encima de todo. - Él se acerca y acaricia mi brazo.

—¿Seguro te estás alimentando bien?

—¿No tienes cámaras vigilándome las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana?

—Ana, no quiero discutir.

—Entonces lárgate, que de solo verte me das asco. – su cara se pone completamente fría

—Pues qué lástima, porque me verás la cara por muchos años.

—Claro, no hay que soltar al negocio.

—Ana, yo...

—Tú nada. Solo vete y déjame sola. Cuando llegue mi papá, házmelo saber.

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