En las imágenes se veía a una chica pasada de peso, de al menos cien kilos, con el cabello enmarañado, babeando sobre un escritorio en el fondo de un salón de clases.
También había capturas de ella devorando comida con desesperación y riendo de forma errática en plena calle. Eran recuerdos de su antigua vida.
Ni siquiera sabía en qué momento habían tomado esas fotografías. Los comentarios que las acompañaban eran crueles y despiadados.
—¡No puede ser! ¿Esa es ella? ¡Qué asco!
—¡Me niego a creer