Oliver, desde que despertó, no se había movido de la sala, con la mirada clavada en aquellos tacones manchados de sangre que estaban sobre la mesita de centro. Los tacones de Alina. Un momento antes ella bailaba tomada de su mano, y al siguiente la multitud los había separado.
Caleb ya lo había confirmado: esa sangre no era de ella. Entonces, ¿dónde estaba?
—Ya es hora de su medicina.
Tito se acercó con un vaso de agua. Oliver se apretaba el hombro, donde la herida le latía con un dolor sord