Estaba ahí parada, atónita, los dedos clavados en el bolso con tanta fuerza que se le habían puesto blancos. Sus ojos no parpadeaban: miraban fijo a Edgar y a Brenda.
Qué pareja tan ideal: él apuesto, ella bella. Seguro se casarían pronto, ¿no?
Pero si Edgar ya había tomado su decisión desde antes, ¿para qué se molestó en jugar con ella?
En incontables sueños a medianoche veía a Edgar a su lado: enseñándole a disparar, entrenando con ella, paseando los dos, recibiéndola cada vez que volvía v