THOMAS
El hedor a sudor y sangre impregnaba el aire cuando entré en la mazmorra. Las antorchas parpadeaban, proyectando sombras inquietas sobre las frías paredes de piedra.
Encadenado al suelo, sujeto por gruesas cadenas, estaba Connor, autoproclamado Rey de los Osos. Su enorme cuerpo se inclinaba hacia adelante, pero incluso así, seguía siendo una bestia apenas contenida. El idiota había intentado atacarme.
Grave error.
Sus ojos ámbar se clavaron en los míos en cuanto entré, rebosantes de furi