JADEN
Irrumpí en los aposentos de Isaiah sin llamar, la puerta golpeando contra la pared con tanta fuerza que juraría haber oído la madera crujir. El viejo ni siquiera se inmutó. Estaba en su lugar habitual, inclinado sobre una mesa llena de pergaminos y libros, la luz de las velas danzando sobre su rostro como fuego inquieto.
Ni siquiera levantó la mirada.
No tenía tiempo para sus acertijos ni para su sabiduría antigua.
Necesitaba respuestas.
—¿Dónde está? —gruñí, avanzando—. ¿Dónde está mi pa