Apenas entramos al antro, me golpeó el olor a cerveza barata y el humo denso que se mezclaban con las luces de neón que teñían todo de colores vibrantes. Por un momento, el retumbar de los parlantes en mi pecho logró acallar el eco de las palabras de Cade sobre mamá. Aunque tenía que admitir que me sentía más ligera; quizás era el efecto de la adrenalina o simplemente las ganas de no pensar por una noche luego de todo lo que había pasado.
—¡Ayla, por favor, tienes cara de perro! —gritó Cloe sob