—¿Qué? —pregunté sorprendida—. ¡Por supuesto que no!
Sabía que no era un cigarro normal; el olor era como a pasto seco quemado, para nada parecido a los cigarrillos que veía fumar a Keydan, a Cade o incluso a mi madre. En primer lugar por el olor, y en segundo lugar por la forma en la que se reían de cualquier tontería luego de fumar. El ambiente en la cocina se sentía denso, como si una neblina invisible nos hubiera envuelto a todos, haciendo que las luces parecieran más brillantes y las risas