—Bueno, lo que no puedes hacer en gimnasia física, lo compensas con creces con gimnasia verbal. Eres un puto sabelotodo, ¿lo sabías?—
—No lo soy —repliqué, riendo a medias, sintiéndome mejor por haber compartido mi historia con él.
—Sigue diciéndotelo. Quizás deba llenarte la boca de mi polla y sacarle más partido.—
Su pene se mueve bruscamente entre nuestros cuerpos sellados juntos.
—Ni hablar. —Sintiéndome más ligera, le agarro la cara y le doy un beso rápido, luego salto de sus brazos y de la cama—. Tengo que preparar el desayuno.
William gruñe con fastidio y luego da una palmada en el colchón. —Vuelve aquí, ahora mismo. El desayuno puede esperar.
—No, no puede. —Me pongo las bragas y luego los vaqueros—. Levántate y ven a ayudar. Si te portas bien, te dejaré que me folles la boca.
Exasperado, retira las sábanas, dejando al descubierto su erección. «Negociar contigo es como intentar regatear con un robot».
—Para reconocer a un abogado engreído, hay que ser como él.— Grito cuando me