Naiara y Aziel se quedan abrazados en la cama después de haber dormido a la pequeña Amelia. La casa está en completo silencio, salvo por el leve sonido del viento golpeando las ventanas. Aziel la mira con ternura y le acaricia el pelo.
—No puedo creer que ya somos papás —susurra él, besándole la frente.
—Y tampoco puedo creer que sigas entero después de haberme visto dar a luz —responde Naiara con una sonrisa pícara—. Pensé que ibas a visitar a San pedro antes que yo.
—¡Oye! Yo solo… necesitaba