Mundo ficciónIniciar sesiónCansada de los abusos de su tío violento, Diana toma la decisión de escapar de casa antes de los dieciocho. Ha encontrado ese anuncio perdido en el periódico: "Se busca compañero de cuarto"... Esa podría ser su salvación. Solo tiene que mentir sobre su edad, diecisiete años, y esperar que el tiempo transcurra, hasta que su tío pierda por completo su custodia. Para eso, es necesario mentirle a dos hermanos, Marco y Eric. Uno es encantador, extrovertido y está completamente feliz de creerle todas sus mentiras. El otro es severo, duro como una roca; tan atractivo con su personalidad fría que Diana no puede dejar de pensar en él, a pesar de que es mucho mayor. Pero Diana nunca ha sido una niña, la vida la obligó a madurar muy rápido; su mente es demasiado vieja para su joven cuerpo. Eric piensa lo contrario y está en contra de sus deseos, pero los sentimientos verdaderos pondrán en riesgo todo aquello en lo que cree firmemente. Él es un hombre que tiene todo bajo control, enfocado en el trabajo y en el cuidado de su hermano menor Marco; sus cicatrices y sus traumas no son las cualidades que busca una mujer en una pareja estable, pero es muy fácil vivir sin una, si hace mucho renunció a ese tipo especial de amor. "Demasiado dañado para un cuerpo tan fuerte", solía burlarse su madre. Eric es más que capaz de lidiar con sus problemas, lo ha hecho desde siempre, pero son los ojos de Diana los que despiertan anhelos que él es incapaz de controlar y le roban la fuerza que lo mantiene en línea recta. Diana y Eric son dos almas que ocultan un pasado doloroso, pero la diferencia de edad es solo uno de los obstáculos que dividirá su amor.
Leer más—¡Te compré un marido! ¡Mírate en el espejo, Camely! ¿Quién, en su sano juicio, querría a una mujer obesa como tú por voluntad propia? —rugió su hermano Orson, con la voz retumbando por toda la mansión Delmar.
Camely, su hermana menor, lo miró en silencio, con los ojos abiertos de par en par. La voz de su hermano cortaba el aire como una hoja afilada, sin piedad.
—Es mi última palabra —continuó él, con una sonrisa torcida—. Te casas con Zacarías Andrade, o me olvido de ayudar a tu nana con ese trasplante que tanto necesita. Sabes que, sin mi ayuda, la persona que va a donar no lo hará.
Camely sintió el suelo desvanecerse bajo sus pies.
Por un instante, creyó que su corazón se detendría.
No por la propuesta, sino por la frialdad con que su propio hermano podía usar la vida de alguien que ella amaba como moneda de cambio.
Orson Delmar siempre había sido un hombre cruel con ella. No soportaba verla, tal vez porque era la hija ilegítima, la hija de la amante de su padre. Desde pequeños, le había dejado claro que su existencia era una mancha en su apellido.
Camely respiró hondo, conteniendo las lágrimas.
—Me casaré —susurró—. Pero sálvala. Sálvale la vida a mi nana.
Su nana era como la madre buena que nunca tuvo.
El hombre sonrió satisfecho.
—Sabía que aceptarías. Siempre fuiste débil cuando se trataba de esa anciana.
Camely no respondió.
Recordó, como un eco lejano, aquella infancia rota: su enfermedad a los ocho años, de síndrome de Cushing… y su padre, el único hombre que alguna vez la había mirado con amor, había ayudado para que mejorara su salud.
Después de eso, sus padres se divorciaron, cansado de las manipulaciones de su madre, una mujer que había usado la enfermedad de su hija como un arma.
Su madre, Dalia, fue hermosa. Competitiva, egoísta y vacía. Nunca cuidó de Camely, ni de su cuerpo, ni de su mente.
La dejó crecer sin límites, sin afecto, con una herencia de abandono y comida en exceso.
Ahora, a sus veinte años recién cumplidos, Camely Delmar pesaba ciento veinte kilos, y una estatura de un metro y sesenta.
Cada mirada de desprecio en su entorno le recordaba su cuerpo como un castigo.
***
Dos meses después, el destino la esperaba vestida de novia.
Camely se miró al espejo.
El vestido era inmenso, sin forma, tan pesado que apenas podía moverse.
Nadie la había maquillado con esmero, ni peinado con cariño. Ella misma se recogió el cabello, dejando sus cabellos dorados en un moño torpe.
Sus rizos rebeldes escapaban, cayendo sobre sus mejillas redondeadas.
Una empleada, compadecida, le puso un poco de labial rosado.
—¿Me veo… presentable? —preguntó Camely con una voz que apenas era un hilo.
La mujer dudó antes de asentir. Y en ese silencio, Camely entendió la verdad. No lucía bien. No era una novia soñada. Pero no había tiempo de lamentarse.
—¡Camely! —gritó Orson desde el pasillo—. O sales ahora mismo, o te juro que te llevo arrastrando, ¡aunque tenga que usar una grúa!
Ella suspiró y abrió la puerta.
Orson la esperaba con su habitual gesto cruel, y a su lado, su prometida, Susy, una mujer de sonrisa venenosa.
—¡Dios mío! —rio Susy al verla—. Parece un hipopótamo vestido de novia.
—¡Basta, Susana! —gruñó Orson.
Camely bajó la mirada, y caminó con pasos pesados hacia el auto.
***
En la iglesia.
En el interior, el murmullo era un enjambre de cuchillos.
El novio esperaba, Zacarías Andrade estaba de pie junto al altar. Su porte era impecable, su rostro sereno. El traje negro le quedaba perfecto, resaltando su piel clara y su mirada de un azul glacial.
No era un hombre de gestos; cada movimiento suyo era medido, cada respiración, controlada. Tenía la elegancia natural de un rico aristócrata, deseado por muchas mujeres y popular entre los empresarios.
Sus labios, delgados y tensos, no expresaban nada.
Pero por dentro, Zacarías sentía la incomodidad de estar en un teatro donde todos esperaban que fingiera amor.
Había rumores, y él lo sabía.
—Dicen que la familia Andrade está en quiebra… —susurraban algunas mujeres en los bancos—. Este matrimonio es por conveniencia, no por amor.
—Zacarías siempre estuvo enamorado de Gala Duran —añadió otra voz—, pero ella es pobre, una simple futura pintora intentando ganar un nombre. No tiene apellido ni fortuna, y se mantiene en la alta sociedad gracias a los Andrade.
Zacarías cerró los ojos un segundo.
Estaba cansado, lleno de hastío. No amaba a Gala, le tenía un cariño de hermano.
Pero el amor era un lujo que ya no podía permitirse. Su familia necesitaba poder, dinero para no caer en bancarrota, no emociones y eso representaban los Delmar, su salvavidas financiero.
Romina Andrade, la flamante suegra, sonreía con esa elegancia altiva que la caracterizaba. Su mirada fría escaneaba a los invitados.
Creía que este matrimonio los catapultaría a alcanzar las más altas esferas de la riqueza soñada.
La marcha nupcial comenzó.
Todos se giraron hacia la puerta, esperando la entrada triunfal de una joven deslumbrante.
Entonces, las puertas se abrieron.
El murmullo se volvió risa.
Camely entró.
Con el vestido blanco y los rizos cayendo sobre el rostro, avanzó con el rostro tenso, los ojos fijos en el altar.
Podía sentir todas las miradas, las burlas, el rechazo.
Pero no se detuvo.
—Mi nuera es una… ¿¡gorda!? —susurró Romina Andrade, escandalizada, sin poder contenerse.
Zacarías la escuchó. No giró la cabeza. Solo apretó los labios.
Cuando los ojos de ambos se cruzaron —los de Camely, llenos de miedo; los de él, tan fríos que parecían de cristal—, el silencio volvió a dominar el lugar.
Ha sido una semana larga.Lo cual es exasperante teniendo en cuenta que sólo es jueves.La tutora de Vicky se ha enfermado de neumonía. Según todos los informes, su tutora está mejor, pero todavía no puede seguir el ritmo de una niña de nueve años. Y así, Vicky termina casi constantemente.En cierto modo, a Diana le encanta, hay algo tan enérgicamente alegre en la niña que la hace querer tirarse al suelo con su propio coche de juguete y preguntarle por qué ciudad corren esta vez. Es como un fuerte soplo de aire fresco.Otras veces… hay momentos en los que quiere esconderse en su habitación y cerrarle la puerta en la cara. Se siente terrible cada vez que se siente así, no quiere ser mala o de mal genio. Pero Diana no sabe qué hacer con tanta energía brillante y Vicky no tiene idea de guardarse algo para sí misma. Después de dejarla jugar en su habitación, es obvio que la niña ahora lo considera libre. A Diana realmente eso no le importa tanto, acepta que, si su cabeza necesita un desca
Un rato después camina por el pasillo, menos desordenada. Un aroma cálido la conduce a la cocina, donde Marco se encuentra junto a la estufa, dando vueltas a los panqueques.—¡Di! —Vicky rebota en el mostrador y, ante la mirada mordaz de Fernanda, su sonrisa se vuelve tímida—. Lamento mucho haberte despertado.Su cabello rubio cae sobre su frente, sus ojos verdes se llenan de una genuina y tímida disculpa, y Diana no puede evitar sonreír.—Está bien, Vicky.Se sienta a su lado y le envía a Marco una sonrisa agradecida cuando coloca un plato rebosante de panqueques delante de ella. ¿Obviamente Marco ha intentado transformarlos en algo que pueda tener la forma de animales? No está muy segura, pero Vicky está emocionada.—¡Genial! ¡Tienes un tigre! —La niña mira fijamente su panqueque superior con un poco de celos antes de volverse hacia el suyo—. Me encantan los tigres, ¿sabes?Vicky continúa diciendo cosa tras cosa, metiéndose comida en la boca. Habla entre bocados y bebe su vaso de le
—¿Quién es Vicky? —cuestiona Diana unos minutos más tarde, saboreando su tercera rebanada de pizza. En todas las historias de los hermanos, se ha mencionado el nombre varias veces. Han regresado a la sala de estar, así que los cuatro se han acomodado cada uno en un lugar preferido. Fernanda le lanza una mirada a Marco desde donde está sentada en el piso, preguntándole sin preguntar a su hermano cuánto sabe Diana de sus vidas. Marco se recuesta en una esquina del sillón largo mientras Diana ocupa la otra esquina. —Vicky estuvo un tiempo con nosotros. En ese momento era solo una bebé, pero nos mantuvimos en contacto. Ella fue adoptada por otra familia. Nos ofrecemos a cuidarla cuando es necesario. De hecho, la vas a conocer mañana. Eric, en el sillón individual, exhala un leve suspiro involuntario. —Sí, Vicky es difícil de controlar, pero es un amor —dice Fernanda, rodando los ojos—. Estará aquí como a eso de las ocho. Recogen los platos. Diana busca una bolsa de basura cuando Marco
A Diana no le agrada Fernanda.Lo intenta y lo vuelve a hacer. Escucha historias, aunque no tenga ni la mínima idea de qué habla Fernanda. Fingir una risa por sus chistes oscuros y lascivos que hacen enrojecer las mejillas de Diana.Fernanda acaba de llegar esa noche y ha enviado a Eric a buscar pizza. Él atendió su petición con una disposición sorprendente. Ahora Diana desea haber escapado con Eric de alguna manera.Un silencio estoico e inquietante sería un alivio para ella en estos momentos.Fernanda está decidida a pasar tiempo con Diana. Marco está emocionado de ver a su hermana, espera que ambas se lleven bien. Pero Fernanda es abrumadora. Un poco demasiado... invasiva.Tiene una personalidad vibrante que provoca risas en la habitación con una fuerza explosiva. Es delgada, deslumbrante, hace reír tanto a Marco que llora, y Diana se sienta preguntándose de manera completamente impasible por qué no podía ser así de llamativa.Como esas chicas de la escuela secundaria que encajan e
Marco le da un apretón afectuoso a la rodilla de Diana, lanzándole una sonrisa cariñosa antes de levantarse del sofá. Está acostumbrado a esto. Es muy común que Eric necesite hablar con él. Si deja algún desorden, si se salta demasiadas clases de la universidad. Eric siente la necesidad de darle un sermón. Es más divertido que irritante. Es una manera de completar todos los años que Eric se perdió de ser su hermano mayor. Marco normalmente permite que Eric lance su severa corrección con muy poca discusión. Marco sigue a Eric por el pasillo, resistiendo el impulso de silbar, sabiendo que en ese momento probablemente molestará a Eric. Entran en la habitación de Marco y la puerta se cierra. —¿Qué crees que estás haciendo? Eric suele empezar sin preámbulos, pero esta vez Marco está totalmente perdido. —¿Con respecto a…? Eric se cruza de brazos. —Esa niña tiene la mitad de tu edad, Marco. Marco retrocede como si lo hubieran golpeado, la burbuja de silencio sorprendido estalla cuando
Eric se esfuma del apartamento, lo cual es bastante normal, aunque a Diana, por primera vez, le resulta… irritante. Su ausencia.Lidia con estas emociones mientras considera cómo va a contarle esto a Marco. Hace todo lo posible para no soltar sus dudas tan pronto como él entra por la puerta aproximadamente una hora después.Al final logra esperar hasta que él se sienta a su lado y toma el control remoto antes de hablar.—Te cuento que conocí a Fernanda hoy… o algo así.Marco la sorprendió lanzando un suspiro de descontento y recostándose dramáticamente sobre los cojines.—Caramba. Y yo con muchas ganas de ser quien las presentara una a la otra. Fernanda siempre me roba toda la diversión.Diana se aclara la garganta.—Bueno, técnicamente no nos presentamos ni nada por el estilo. Es que me crucé con ella en el pasillo. Eric me explicó… quién era.Por alguna razón, Diana omite la parte donde pensó que era la novia de Eric. Se siente inapropiado.Las cejas de Marco se elevan ante eso.—¿E





Último capítulo