Alice permanecía sentada al borde de su cama, con la cabeza metida entre sus rodillas y el corazón latiendo con fuerza. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, cada una representando un fragmento de su angustia. La habitación estaba en silencio, pero el eco de sus pensamientos resonaba en su mente como un tambor.
—¿Por qué no puedes entender? —Murmuró ella, rompiendo el silencio, sin levantar la vista—. No estoy lista para esto.
Dalton, aún parado en el umbral de la puerta, sintió cómo u