—¡Por favor! ¡No le hagas daño!— Suplicó a gritos la castaña llevándose ambas manos a la cabeza.
—¡No grites! ¡No quiero que tus guardaespaldas nos interrumpan!— Ordenó el rubio con una sonrisa malévola. —Si los haces venir las cosas se podrían poner feas para este pequeño bastardo… —Añadió entre risitas psicópatas.
—Bien, haré lo que me digas. Pero, por favor… suéltalo. —Suplicó Alice entre sollozos.
—Descuida… No soy un asesino, de hecho, el pequeño estorbo me agrada más que su padre— Resp