Capítulo 45. Lo que nunca preguntaste.
El verano había llegado a Milán con un sol limpio y persistente, de esos que despiertan las flores del jardín antes que el reloj. Desde la terraza entraba una brisa tibia que movía las cortinas y dejaba el aire perfumado con té y madera. La casa respiraba calma, la clase de calma que solo existe cuando los días empiezan bien.
Eliot, elegante y con el traje oscuro a medio abotonar, revisaba el reloj mientras intentaba ajustar la corbata. La prisa lo había tomado por sorpresa, pero aun así conser