Tras aquella breve conversación, Theo y Robert llegaron al aeropuerto internacional, donde normalmente estaba el avión privado que lo podía llevar a Londres.
Robert ya había avisado para pedir los permisos de vuelo, sabía que Theodore era un hombre paciente, pero debía admitir que cuando algo se le metía a la cabeza, nadie podía sacárselo e incluso podría ser aún más exigente.
Luego de varios minutos, finalmente el avión despegaba dejando a Robert con el corazón en una mano, sin saber si la de