La notificación llegó en una sala fría de detención, por un papel impreso con los sellos oficiales, era irrefutable.
Georgios Papadakis la tomó con una sonrisa que duró… apenas unos segundos.
Porque a medida que leía,
su expresión cambió.
Primero incredulidad.
Después molestia.
Y finalmente rabia.
—No… —murmuró, negando—. No se atrevería.
Pero sí.
Elena lo había hecho.
Había denunciado y no era una acusación vaga.
El papel tembló levemente entre sus manos.
No por miedo.
Por furia.