—He leído los informes de los especialistas. Vas bastante bien, Sara —dijo Alexander Schulz, sentado frente a ella en la mesa de la biblioteca de Misael.
Tal como Sara le había solicitado a Amanda Fernández, el hombre aceptó ir a visitarla.
—No he sentido algo así como la "influencia maligna" de Jay, lo único que me agobia es todo lo que he perdido por su causa, mi trabajo, por ejemplo. Igual que usted, decidí dedicar mi vida a servir al país y a su gente. Quiero recuperar eso.
—Me alegra oírte