Mundo ficciónIniciar sesiónMEGHAN
Estoy muy nerviosa, tanto que por momentos tengo la sensación de que voy a marearme si esto no avanza de una vez. El corazón me late demasiado deprisa, como si no pudiera seguirle el ritmo a todo lo que está pasando, y aunque intento mantenerme centrada, cada pregunta del médico hace que todo se vuelva un poco más real, un poco más difícil de ignorar. Josh está conmigo, y eso debería bastar para tranquilizarme. De hecho, en parte lo hace, porque siempre ha sido así con él: una especie de punto fijo al que agarrarme cuando todo lo demás se tambalea. Aun así, no consigo dejar de pensar que, si no estuviera aquí, probablemente ya habría salido corriendo hace rato, sin mirar atrás. El médico sigue hablando, preguntando cosas que respondo casi en automático —cuántas faltas llevo, antecedentes, cómo me encuentro—, pero mi cabeza empieza a ir por otro lado, uno mucho menos ordenado y bastante más incómodo, donde las dudas aparecen sin avisar y se instalan como si siempre hubieran estado ahí. Porque hasta hace nada yo creía tenerlo claro. O al menos eso me decía. Pero ahora que estoy aquí, sentada en esta consulta, con todo tomando forma delante de mí, no puedo evitar preguntarme si de verdad sé en lo que me estoy metiendo, si estoy preparada para hacerlo sola, si voy a ser capaz de sostener algo tan grande sin romperme por el camino. Y cuanto más lo pienso, peor se vuelve. —Señorita Connors, ¿se encuentra bien? Parpadeo y vuelvo de golpe, como si me hubieran tirado de un sitio en el que me estaba hundiendo sin darme cuenta. Noto la mano de Josh en mi rodilla, firme, cálida, y durante un segundo eso es lo único que consigue mantenerme aquí. —Meghan, ¿estás bien? —Sí… sí, perdón —respondo, aunque claramente no lo estoy—. ¿El baño? Necesito salir de aquí antes de que todo esto me pase por encima. La enfermera se ofrece a acompañarme, pero niego con la cabeza. En cuanto entro en el baño y cierro la puerta, dejo de fingir. Vomito. Sin poder evitarlo, como si mi cuerpo hubiera decidido reaccionar por su cuenta, adelantándose a algo que mi cabeza todavía no termina de procesar. Me apoyo en el lavabo, respiro como puedo y me miro en el espejo, pero no termino de reconocerme del todo. Hay algo distinto, algo que ya no puedo seguir ignorando por mucho que quiera. Estoy embarazada. Y ahora sí que es real. No es una idea que puedo apartar, ni algo que puedo dejar para después. Está aquí, conmigo, ocupando todo el espacio que antes tenía bajo control. —Peque, ¿necesitas algo? La voz de Josh al otro lado de la puerta me llega amortiguada, pero suficiente para hacer que no me sienta completamente sola. Sé que ha entrado al baño de mujeres y, en cualquier otra situación, probablemente me parecería extraño o incluso inapropiado, pero ahora mismo lo único que me importa es que esté ahí. Cuando abro, me encuentra hecha un desastre, con los ojos llenos de lágrimas que no consigo contener y esa sensación de no tener nada bajo control. —¿Qué estoy haciendo? —pregunto, aunque en realidad no espero una respuesta clara. —¿A qué te refieres, peque? —A todo esto… —digo, llevándome una mano a la cara, intentando secarme sin demasiado éxito—. Al bebé. Creía que lo tenía claro, pero ahora… ahora no lo tengo nada claro. Y decirlo en voz alta lo hace todavía más evidente. Más difícil de ignorar. —¿Qué es lo que no tienes claro? —me pregunta con calma—. ¿No sabes si quieres tenerlo? —No es solo eso —respondo, negando con la cabeza mientras intento ordenar lo que siento—. Es que no sé si puedo hacerlo sola, si voy a ser capaz de estar a la altura, si no voy a acabar fallando en algo tan importante… tengo miedo, Josh, mucho más del que esperaba. Ahí está. Eso es lo que realmente pesa. Él no duda, no se queda pensando qué decir, simplemente responde como si lo tuviera claro desde el principio. —Eres increíble —dice—. Mucho más de lo que crees. Eres cariñosa, responsable, fuerte… claro que vas a estar a la altura. Y no estás sola. Ya te lo dije. No estás sola. Y, por primera vez desde que he entrado aquí, esa idea consigue abrirse paso entre todo lo demás. Las lágrimas siguen saliendo, pero ya no son solo de miedo. Hay algo más, algo que se parece bastante al alivio. Porque, aunque no tenga todas las respuestas, sí tengo algo firme a lo que agarrarme. —Gracias, Josh… de verdad. Eres un buen hombre. —No es para tanto. Tú harías lo mismo por mí. Y, sin pensar demasiado, dejo que salga lo primero que se me ocurre, más por aliviar la tensión que por otra cosa. —¿El qué? ¿Convencerte de que puedes seguir adelante con tu embarazo? Se me escapa una risa, ligera, torpe, pero suficiente para romper un poco todo lo anterior. —Soy idiota —añado, negando con la cabeza. Pero ya no estoy al borde de venirme abajo. Cuando volvemos a la consulta, sigo nerviosa, claro, pero ya no siento que vaya a desmoronarme en cualquier momento. Ahora, al menos, tengo la sensación de que quizá sí pueda hacer esto. O que, si no sé cómo hacerlo todavía, acabaré encontrando la forma. Siempre he tenido claro que quería ser madre, aunque nunca imaginé que llegaría de esta forma ni en estas circunstancias, y mucho menos con alguien como Freddy como padre. Aun así, mientras estoy aquí tumbada, intentando asimilar todo lo que está pasando, no puedo evitar pensar que, aunque él no esté a la altura, todavía quedan hombres como Josh, capaces de cuidar, de estar, de sostener incluso algo que no les pertenece directamente. Y eso, ahora mismo, lo cambia todo. El médico termina de hacerme preguntas, completa mi historial clínico con una naturalidad que contrasta bastante con el caos que tengo yo en la cabeza, y cuando finalmente dice que ya está todo listo, noto cómo se me vuelve a acelerar el pulso. Ahora sí. Ahora es de verdad. —Miraremos de cuánto estás y comprobaremos que el feto esté bien, ¿de acuerdo? Luego la comadrona te dará hora para la próxima visita —explica el doctor Martins con tono tranquilo. Asiento, aunque no sé muy bien si es porque lo entiendo o porque necesito que todo esto avance de una vez. —De acuerdo… adelante. Me pide que me desnude de cintura para abajo y que me tumbe en la camilla. Lo hago intentando no pensar demasiado en lo que viene después, aunque es imposible no notar esa mezcla de nervios y expectación que me recorre el cuerpo cuando me explica que la ecografía será por vía vaginal. Intento relajarme, respirar con normalidad, seguir sus indicaciones, pero en cuanto la pantalla se ilumina y empiezan a aparecer formas que no termino de comprender del todo, algo dentro de mí cambia. Porque, aunque no lo vea con claridad… Sé que está ahí. ¿Ese es mi hijo? Sin darme cuenta, busco la mano de Josh y la aprieto. Él responde al instante, como si estuviera tan pendiente de mí como de lo que está ocurriendo, y ese simple gesto consigue que todo esto deje de dar tanto miedo. —Miren, esto pequeñito de aquí es el feto —dice el médico señalando la pantalla, aunque yo sigo intentando entender qué es exactamente lo que estoy viendo—. Aquí tienen a su futuro hijo o hija. Me esfuerzo por enfocar la mirada, y entonces lo veo. Un pequeño punto blanco. Nada más. Y, aun así, lo es todo. Hay algo que se mueve, un parpadeo casi imperceptible que el médico identifica como el latido, y cuando lo escucho, cuando ese sonido llena la sala, siento cómo algo se rompe dentro de mí. O se construye. No lo tengo del todo claro. Pero es demasiado intenso como para ignorarlo. No me lo puedo creer. Voy a ser madre. —Es una pasada, Josh… ¿tú también lo ves? —le pregunto, girando un poco la cabeza hacia él. Pero no responde. Y cuando lo miro, entiendo por qué. Está completamente absorto, con la mirada fija en la pantalla como si no existiera nada más, apretando mi mano con fuerza, y en sus ojos hay algo que no había visto antes con tanta claridad. Emoción. De la buena. De la que no se puede fingir. Por un momento, cualquiera diría que ese bebé también es suyo. Le llevo las manos a la cara para obligarle a mirarme, y cuando lo hace, esa mezcla entre sonrisa y desconcierto me arranca una risa suave. —Josh… ¿te has emocionado? —le digo—. Qué mono eres. —Nunca había visto algo así —responde, todavía procesándolo—. Es… increíble. —Es un bebé —añado, sin poder evitar sonreír. —Sí… —murmura—. Y es precioso. El médico nos observa con una sonrisa que parece saber más de lo que dice, se quita los guantes y recoge lo que le pasa la enfermera antes de entregarnos una pequeña imagen impresa. —Aquí tienen a vuestro pequeño —dice, dirigiéndose a los dos sin hacer distinciones—. Para que se lo enseñen a la familia y a los amigos. Ninguno de los dos lo corrige. Y, por alguna razón, eso no me incomoda. —Gracias, doctor. Cuando salimos de la consulta, sigo un poco en shock, como si todo hubiera pasado demasiado rápido pero, al mismo tiempo, se hubiera quedado grabado en mí con una claridad imposible de ignorar. No esperaba poder sentirme tan feliz y tan asustada a la vez, como si ambas cosas fueran de la mano y no hubiera forma de separarlas. Estoy de doce semanas. Todavía no se nota apenas nada, pero sé que está ahí. Mi pequeño garbancito. Y ahora ya no tengo dudas. Quiero esto. Quiero seguir adelante, incluso si tuviera que hacerlo sola, incluso si las cosas no salen como imagino, porque esto ya es parte de mí de una forma que no sabía que podía sentir. Además, no estoy sola. Josh está aquí. Y, con eso, por primera vez desde que empezó todo, siento que quizá sí pueda con lo que viene.






