Mundo ficciónIniciar sesiónOtra noche sin dormir.
Bueno… dormir sí. Lo que pasa es que me he pasado más tiempo medio despierto que otra cosa, con el cuerpo en tensión y la cabeza yéndose a donde no debería. Y ahora esto. Abro los ojos de golpe cuando noto su culo encajado contra mi entrepierna. Se me corta la respiración. Podría decir que es lo típico de todas las mañanas. Que es automático. Que no significa nada. Pero sería mentira. Esto tiene nombre. Y lo tengo justo delante. Se mueve, y un gemido suave se le escapa, medio dormida, lo justo para que mi cabeza empiece a irse por donde no debería. ¿Se está frotando…? No. No puede ser. Aunque… joder. Me aparto de golpe, demasiado rápido, y acabo cayendo al suelo de espaldas. —¡Joder! —gruño. —Josh, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado? —dice ella, incorporándose. —Nada… —respondo rápido, tirando de la almohada para cubrirme—. Me he girado demasiado rápido. —¿Seguro? Conmigo no tienes que fingir. Claro. Contigo es exactamente con quien más tengo que fingir. —Estoy bien, de verdad. Sigue durmiendo… aún es pronto. —No creo que pueda —dice, desperezándose—. Ya me has despertado. Y entonces comete el error. Se estira. Lento. La camiseta sube lo justo para dejar ver más de lo que debería. Y yo vuelvo a estar igual que hace un segundo. De puta madre. Desayunamos en silencio. Yo porque no tengo ni idea de cómo mirarla sin que se me note todo en la cara. Y ella… supongo que pensando en ese imbécil. Freddy. ¿Quién coño con casi cuarenta años se hace llamar Freddy? —¿Me estás escuchando? Parpadeo. —Sí, perdona. Dime. —Necesito que me acompañes hoy al médico. La cuchara se me resbala de los dedos y cae contra el bol. —No quiero estar sola cuando vea por primera vez a mi bebé. «Mi bebé.» Se me queda la palabra ahí. No. El suyo. —¿Yo? —pregunto, aunque la respuesta es evidente. —Claro. Es un momento importante… y no quiero estar sola. ¿Vendrás? La miro. No me esperaba esto. Ni de coña. Meterme en eso… en algo tan suyo… tan íntimo… Y aun así, está pidiéndomelo a mí. —Esto… ¿estás segura? —digo—. ¿No prefieres decírselo a Patty o a Mel? —Claro… —responde, apartando la mirada—. Perdona. Es que aún no se lo he dicho a nadie. Ahí la cago. —No, espera —añado enseguida—. Está bien. Te acompaño. —De verdad, no te molestes —dice bajándose del taburete—. Entiendo que es raro para ti. Olvídalo. Se aleja un paso. Y no. Ni de coña. La agarro de la mano antes de que se vaya más lejos. —Peque… —murmuro—. Perdóname. Me ha pillado por sorpresa, nada más. Pero si me necesitas… allí estaré. Siempre. —¿De verdad? —pregunta, mirándome. Y ahí está otra vez. Esa mirada. La misma que anoche. La que hace que todo esto deje de ser tan simple. —Sí. Claro que sí. Asiento con la cabeza y, antes de que pueda reaccionar, Meghan se lanza sobre mí. Sus piernas rodean mi cintura y el roce contra mi estómago desnudo es suficiente para que mi cuerpo reaccione al instante. Joder. Tengo menos fuerza de voluntad de la que me gustaría cuando se trata de ella. —Significa mucho para mí, Josh. En serio. La sostengo un segundo más de lo necesario, notando su peso, su calor… intentando no pensar demasiado en lo fácil que sería no soltarla. —Somos amigos —digo al final, forzando una sonrisa—. Y los buenos amigos están para esto, ¿no? —Em… sí, claro. Carraspea y se baja. Yo tardo un poco más en soltarla, lo justo para que no se note demasiado que, si fuera por mí, no la dejaría ir tan rápido. Después de desayunar, Meghan se mete en la ducha y yo me quedo recogiendo la cocina, más por hacer algo que por otra cosa. Cuando oigo la puerta cerrarse, me apoyo en la encimera y me quedo mirando por la ventana. ¿En qué coño me estoy metiendo? La quiero, eso no ha cambiado. Pero esto… esto es otra liga. Un niño. Uno que no es mío. Y aun así estoy aquí, metido hasta el cuello como si lo fuera. ¿Y si vuelve con ese imbécil? La idea me revuelve el estómago más de lo que debería. No tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo. —¿Podemos pasar por mi casa primero? —dice cuando sale—. Necesito cambiarme. —Claro, peque. No hay problema. —Gracias por todo… no sé qué haría sin ti. —No es para tanto —respondo, restándole importancia. Se aleja, pero en el último segundo vuelve sobre sus pasos y me planta un beso rápido en los labios. Me quedo quieto. «Joder…» Eso no ha sido un beso de amigos. O si lo ha sido… yo no lo he sentido así. Media hora después, la espero en el coche. Cuando baja por las escaleras de su edificio, algo no encaja. Tiene los ojos rojos, aunque secos. Ha llorado. —¿Qué ha pasado? —pregunto en cuanto se acerca. —Nada. Vámonos. —Meghan. No es una pregunta. Es una orden. Antes de que pueda insistir más, la puerta se abre otra vez y aparece Freddy. Y todo dentro de mí se tensa. —¿Qué coño hace este subnormal aquí? —murmuro mientras salgo del coche y rodeo hasta ponerme al lado de Meghan. —Mira, si ya estamos todos… ¿qué tal, Josh? —Eres un— —Déjalo —me corta Meghan, agarrándome del brazo cuando doy un paso hacia él—. No merece la pena. Ya es historia. —No te hagas ilusiones, machote —dice Freddy con una sonrisa de mierda—. Todavía es mía. —Yo no soy de nadie —responde ella, firme—. No quiero volver a verte. —Eso ya lo veremos. Doy un paso más. Y otro. Hasta que Meghan tira de mí. Y me paro. Por ella. Porque por mí… no lo haría. Pero la tensión sigue ahí, clavada. Este gilipollas no tiene ni idea de con quién se está metiendo. Le abro la puerta del coche a Meghan y la ayudo a subir. Luego rodeo el coche sin apartar la mirada de él. No hace falta decir nada. Lo entiende. Sonríe, pero ya no tan seguro. Bien. Arranco y en quince minutos llegamos a la consulta. Esperamos otros veinte en silencio hasta que una enfermera aparece y la llama. —¿Usted es el padre? La pregunta me pilla completamente desprevenido. —Sí —responde Meghan antes de que pueda abrir la boca—. Viene conmigo. La miro un segundo. —Exacto —añado, sin pensarlo más. —En ese caso, acompáñenme. La seguimos por el pasillo hasta una consulta donde un médico nos recibe. Nos da la mano y nos indica que nos sentemos. Meghan me agarra la mano en cuanto nos sentamos. Está fría. Húmeda. Nerviosa. —Bien —dice el médico—. Vamos a hacer unas preguntas para el historial y después una ecografía, ¿de acuerdo? —Sí, doctor —responde ella. Yo me quedo callado. Porque esto… en teoría no va conmigo. Pero tampoco puedo apartarme. Aprieto su mano, lo justo para que sepa que estoy aquí. Ella responde al instante, devolviendo el gesto. Una pequeña sonrisa le tiembla en los labios, aunque el resto de su cuerpo parece a punto de romperse. Y en ese momento lo tengo claro. Ya estoy dentro de esto. Mucho más de lo que debería. Y lo peor es que no quiero salir.






