Capítulo 4: Josh

Es la primera vez que veo algo así, y todavía no termino de procesarlo del todo. Ha sido… jodidamente impresionante. Saber que ahí dentro hay una vida, que Meghan lleva algo tan grande dentro de ella, me deja un poco descolocado, como si acabara de cruzar una línea sin darme cuenta.

Siempre he tenido claro que quiero ser padre, eso no ha cambiado nunca. Lo que no esperaba era sentir algo así viendo el hijo de otro… y mucho menos con ella delante.

Porque, si soy sincero, me habría gustado que fuera nuestro.

Nos subimos al coche y, cuando coloco las manos sobre el volante antes de arrancar, noto cómo Meghan pone la suya encima de la mía. El gesto es sencillo, pero consigue que deje de pensar en todo lo demás durante un segundo.

La miro.

—Gracias de nuevo, Josh —dice, y sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas—. Si no llegas a estar ahí… seguiría encerrada en ese baño.

—No he hecho nada, pequeña —respondo, negando suavemente mientras le seco las lágrimas con los pulgares—. Solo necesitabas que alguien te recordara de lo que eres capaz.

—Aun así… gracias.

Se inclina y me abraza, y yo correspondo sin pensarlo, disfrutando más de lo que debería de ese contacto. Cuando se aparta, me deja un beso en la mejilla que me sabe a poco, demasiado poco, y durante un instante lo único que me pasa por la cabeza es girar la cara y buscar su boca.

Pero no lo hago.

Porque ya sé lo que piensa de eso.

Porque ya me dejó claro que no quiere arriesgar lo que tenemos por algo físico.

Y porque, aunque me joda, prefiero seguir estando en su vida así que perderla por intentar algo que quizá ella no quiere.

—¿Te dejo en casa? —pregunto al final, obligándome a volver a lo práctico.

—Esto… ¿te importa si me quedo un par de días más contigo? —dice, algo dudosa—. No quiero encontrarme con Freddy. No creo que se dé por vencido tan fácilmente.

—No hay problema —contesto sin dudar, porque la verdad es que no me importaría que se quedara más de dos días, ni dos semanas, ni el tiempo que haga falta—. Pero aún no me has dicho qué quería exactamente.

—Quería saber si ya lo había hecho… abortar, me refiero —explica, haciendo una mueca—. Le dije que no pensaba hacerlo y me soltó que, si esperaba que me pasara una pensión, estaba loca. Ha sido… horrible.

Aprieto la mandíbula sin darme cuenta.

—Debería ir y partirle la cara.

—Déjalo, Josh —dice ella enseguida—. No merece la pena. No me puedo creer que lo haya amado alguna vez.

Eso último me golpea más de lo que debería.

Lo ha amado.

Mientras yo llevo años aquí, conformándome con ser “el amigo”.

Pero bueno… eso sigue siendo mejor que nada.

Respiro hondo y dejo ese pensamiento donde está, porque ahora no toca.

—Vale —digo al final—. Pasamos por tu casa y recoges algunas cosas. Necesitarás ropa, pijama, lo básico.

—Sí… y algo más para… —empieza, pero de pronto se queda en silencio y se lleva las manos a la cabeza—. Joder. No había caído en que voy a tener que verle todos los días en la oficina.

—No te preocupes —respondo, arrancando el coche—. Me encargaré de que no te moleste.

—¿Y qué vas a hacer?

Salgo al tráfico sin contestar de inmediato, notando cómo su mirada se queda fija en mí, esperando una respuesta que sé perfectamente que no le va a gustar.

—No te preocupes por eso —acabo diciendo—. La sangre no va a llegar al río. Confía en mí.

Aunque, si hace falta, poco le va a faltar.

Tengo muy claro lo que le voy a decir a ese cabrón, y también lo que va a pasar si decide ignorarlo. No pienso dejar que se acerque a ella ni un centímetro más de lo necesario, y si tengo que asegurarme de que lo entienda por las malas, no me va a temblar el pulso.

—A veces me das miedo, Josh —dice, mirándome de reojo antes de que se le escape una risa—. Aunque en realidad nunca he tenido miedo de ti. Eres demasiado bueno.

—Solo con quien se lo merece —respondo, esbozando media sonrisa—. Los demás… mejor que no prueben suerte.

Nos reímos los dos y, casi sin darme cuenta, apoya la cabeza en mi hombro. El gesto es tan natural que durante un segundo todo parece encajar demasiado bien, como si esto fuera lo normal entre nosotros. Le doy un beso en el pelo, sin pensarlo demasiado, y su risa, suave y relajada, consigue que a mí también se me escape una sonrisa.

Su cabello rubio cae sobre mi hombro en una cascada suave, y el aroma de su champú, algo dulce con un fondo floral, lo invade todo. Es un olor limpio, cercano, demasiado familiar ya… y el calor de su cuerpo, pegado al mío, no ayuda precisamente a mantener la cabeza en su sitio.

Podría acostumbrarme a esto demasiado rápido.

Y eso es un problema.

Porque cuanto más tiempo paso así con ella, más claro tengo que no quiero ser solo “el amigo que está cuando lo necesita”. Quiero ser el que se queda, el que cuenta de verdad, el que la hace olvidarse de todos los errores que ha cometido… incluido ese imbécil.

Tengo que demostrarle que soy yo.

Que conmigo estaría mejor.

Que no necesita a nadie más.

—¿Subes conmigo? —pregunta cuando paramos frente a su edificio.

—¿Tienes miedo de que siga ahí? —le digo mientras me quito el cinturón, observándola de reojo.

—No lo creo… tenía una reunión.

—Entonces, ¿por qué?

Duda un segundo antes de responder, bajando la mirada como si le molestara reconocerlo.

—Por si acaso.

Ahí está.

Ese miedo que intenta esconder.

Le levanto la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarme, y veo en sus ojos algo que no suele dejar ver: inseguridad.

—Vamos, pequeña —murmuro—. Conmigo no puede pasarte nada.

Y no es una frase hecha.

Es una promesa.

Me sonríe, más tranquila, y subimos juntos. El piso está vacío, no hay rastro de Freddy, y aunque debería ser lo normal… una parte de mí se queda con las ganas de haberlo encontrado.

De haberle dejado claro, cara a cara, dónde están los límites.

Pero ya llegará el momento.

Mientras Meghan recoge sus cosas, yo me quedo apoyado en la pared, observándola sin disimular demasiado. Coge varios vestidos para trabajar, un par de tacones, algo de ropa cómoda… y entonces aparece ese camisón.

Demasiado corto.

Demasiado sugerente.

Demasiado para mi salud mental.

Desvío la mirada un segundo, aunque no sirve de mucho porque la imagen ya se me ha quedado grabada. Definitivamente, convivir con ella va a ser más complicado de lo que pensaba.

Cuando entra en el baño a por sus cosas, el móvil me vibra en el bolsillo. Es Jason.

—¿Qué hay, jefe?

—Hola, grandullón. Patty ha liado el planning y te ha puesto a las once en vez de a las doce. ¿Puedes entrar una hora antes?

—Claro, no hay problema.

—Sabía que podía contar contigo. Te pagaré esa hora como toca.

—No hace falta, es solo una hora.

—No digas tonterías —responde—. Te mereces cada euro. Las clientas vienen por ti, y lo sabes. Yo hago dinero gracias a eso.

Sonrío sin poder evitarlo. No le falta razón.

En ese momento Meghan sale del baño recogiendo su pelo en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos que le caen por la cara. El gesto es simple, cotidiano… pero me quedo completamente absorto mirándola, como si no hubiera nada más alrededor.

Ni siquiera me doy cuenta de cuándo Jason cuelga.

—¿Con quién hablas? —pregunta, señalando el móvil que aún tengo en la oreja.

—El jefe —respondo, reaccionando al fin—. Hoy entro una hora antes.

—Entonces será mejor que nos vayamos —dice—. Así puedes descansar un poco antes de trabajar.

Asiento, aunque lo último que me apetece ahora mismo es separarme de ella.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP