Mundo ficciónIniciar sesiónTengo suerte de tener a Josh. Siempre ha estado ahí, desde la guardería, como una constante que nunca falla. A veces pienso en lo diferente que sería todo si…
No. Eso ya lo intentamos una vez. Y lo arruiné. El móvil vibra a las diez de la noche. En cuanto veo el nombre en la pantalla, noto cómo se me encoge el estómago. Durante un instante me planteo ignorarlo, fingir que no existe… pero acabo descolgando. —¿Qué quieres? —le suelto, sin ganas de fingir nada. —Nena, perdóname. No debí decirte esas cosas. Cierro los ojos un segundo, apretando el móvil con más fuerza de la necesaria. —¿Ah, no? ¿Y ahora qué pasa? ¿Has cambiado de opinión de repente? —Este no es el momento… primero tengo que arreglar lo del divorcio. Pero podemos intentarlo más adelante. No puedo evitar soltar una risa amarga. Más adelante. Siempre más adelante. —Si es así, ni te molestes —le corto—. Se ha acabado, Freddy. —Pero nena… Cuelgo antes de que pueda seguir. Antes de que vuelva a intentar convencerme. Antes de que diga lo que sé que va a decir. Sin darme cuenta, llevo la mano al vientre. —¿Quién era? Levanto la vista. Josh sale del baño, secándose las manos con total tranquilidad, como si el mundo no acabara de darme la vuelta. —El capullo de mi ex. No quiero volver a verlo en la vida. Y por una vez, lo digo completamente en serio. —Si quieres puedo ir y encargarme de él. Los chicos me deben un favor. No puedo evitar reír, aunque sea por pura inercia. —Te lo agradezco, pero te necesito aquí conmigo… no en una celda. —Como quieras. Se acerca, me da un beso en la cabeza y se deja caer en el sofá a mi lado. Yo hago lo de siempre, lo que me sale sin pensar: me acurruco contra él, buscando ese calor que siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado. Su cuerpo está firme bajo el mío, cálido, demasiado presente. Cierro los ojos un segundo. Lo he visto trabajar. Sé perfectamente cómo es sin ropa. Demasiado bien. Y ahora mismo… no debería estar pensando en eso. Tal vez sean las hormonas. O el hecho de que llevo semanas sin sexo. O que, por primera vez en mucho tiempo, me siento segura. Pero algo ha cambiado. Porque ya no lo siento solo como Josh. —Gracias… lo tendré en cuenta —murmuro. —Sabes que por ti haría lo que fuera, peque —dice con suavidad—. No voy a dejar que ese imbécil te haga daño. Levanto la cabeza y lo miro. Sus ojos están clavados en mí, más intensos de lo habitual, y durante un segundo se me pasa por la cabeza algo que no debería. Si no supiera cómo acabó la última vez, pensaría que sigue colgado de mí. Pero no. Eso ya pasó. Y lo arruiné. —¿Tienes hambre? —pregunta de repente, rompiendo el momento. Parpadeo, volviendo a la realidad. —Me muero de hambre. ¿Podemos pedir pizza? —¿Ya empiezas con los antojos? —dice con una media sonrisa. —Creo que aún es pronto para eso… llevo solo unas semanas de retraso —respondo, encogiéndome de hombros—. Además, a Freddy le encantaba la comida sana. No me dejaba comer carbohidratos. —Menudo gilipollas —responde sin dudar—. Mejor que le hayas mandado a la m****a. —Más bien creo que me la ha dado él a mí… Y eso duele más de lo que quiero admitir. Porque, a pesar de todo, le quise. A ratos, pero le quise. Josh no insiste. Simplemente coge el teléfono y pide pizza, como si fuera capaz de mantener todo en orden cuando yo siento que se me está desmoronando la vida. Cuando cuelga, desaparece un momento y vuelve con unos bóxers y una camiseta. —Toma, es lo único que tengo para dejarte. —Gracias… eres un encanto. Los cojo, pero antes de que pueda apartarme, noto su mirada. Recorre mi cuerpo despacio, sin prisa, como si no pudiera evitarlo. Y luego se muerde el labio inferior. Ese gesto… Lo conozco. Pero nunca lo había sentido así. Se gira y se va hacia la cocina con un suspiro, como si necesitara distancia. Y yo me quedo ahí, con su ropa en las manos y una sensación extraña creciendo poco a poco dentro de mí. Joder. De verdad que estoy desesperada. Acabo de imaginarme a Josh empujándome contra la pared, perdiendo completamente el control. Cierro los ojos con fuerza. Vale. Esto no es normal. Creo que empiezo a desvariar. Desde la última vez con Freddy, hace ya dos semanas, no he vuelto a acostarme con nadie. Él ha estado demasiado ocupado llevándose a su mujer de crucero para celebrar sus seis años de matrimonio… y yo aquí, acumulando tensión como una idiota. Supongo que eso explica por qué estoy así. Demasiado sensible. Demasiado… receptiva. Llaman a la puerta con los nudillos y doy un pequeño salto. —Han llegado las pizzas —dice Josh al otro lado de la puerta. —Ya salgo. —No tardes, se están quedando frías. Miro mi reflejo un segundo. Llevo más de cinco minutos aquí metida sin hacer nada. O Josh se pone más ropa… o voy a necesitar una ducha fría. —Madre mía… —murmuro para mí. Cuando salgo, está de espaldas. Y cometo el error de mirarlo. Despacio. Desde los hombros anchos, bajando por la espalda, la cintura… hasta ese culo que parece hecho a propósito para provocar problemas. Trago saliva. —Basta, Meghan… —me digo en voz baja. —Ya creía que me las iba a comer yo solo. —¿Perdón? —Las pizzas —dice girándose—. Hablaba de las pizzas. —Sí, claro… —respondo demasiado rápido—. ¿De qué si no? Me mira raro. —¿Te pasa algo? Niego con la cabeza y paso a su lado, evitando mirarlo más de la cuenta. Me siento en la isla de la cocina, cojo un trozo de pizza y le doy un buen bocado. Y joder… Está increíble. Después de semanas comiendo como si estuviera a dieta eterna, esto sabe a gloria. —Mmm… qué rica. —Por poco nos las comemos frías —dice—. ¿Qué hacías tanto rato en el baño? Me atraganto con el queso. Toso. Miro hacia otro lado. «Ni se te ocurra contestar eso.»






