Max
El rugido constante del motor del jet privado se convirtió en un zumbido monótono en mi cabeza, apenas más molesto que los pensamientos que no paraban de golpearme uno tras otro.
Miré por la pequeña ventana redonda del avión. Las nubes eran un mar blanco interminable bajo nosotros.
Supuestamente íbamos en dirección a casa. Aunque… ¿cuál era mi casa?
Lucile dormía profundamente a mi lado. Su rostro estaba relajado, casi angelical. Respiraba en paz. Como si nada hubiera pasado. Como si no a