Paulina
La iglesia estaba en completo silencio.
Uno que no era de respeto, sino de contención. Como si todos tuvieran algo que decir, pero se lo tragaran para no arruinar el espectáculo.
El ataúd oscuro estaba en el centro, rodeado de flores blancas y velas que no daban calor. Solo luz muerta. El aire olía a incienso, a madera vieja, y a secretos no confesados.
Alexander Moreau.
No lo veía desde el día de mi boda.
No hubo llamadas. No hubo visitas. Solo su firma en los documentos que me ataron