La anciana permaneció frente a la puerta, sosteniendo el pequeño paquete contra su pecho.
Nadie se atrevió a hablar durante los primeros segundos. El viento movía los extremos de su manto y hacía temblar la débil llama de la lámpara que Don Tadeo sostenía junto a la entrada.
Mariana la observaba sin poder apartar la mirada.
La mujer acababa de decir que había estado con Leonor la noche de su nacimiento. También aseguraba conocer la razón por la que su madre había tenido que abandonarla.
Durante