Ernesto sostuvo el sobre entre las manos sin atreverse a abrirlo.
El nombre de Leonor, escrito en una esquina con una caligrafía que no reconocía, parecía haber detenido el tiempo. Hacía años que nadie pronunciaba aquel nombre delante de él sin que despertara una herida. Durante mucho tiempo lo había guardado en lo más profundo de su memoria, convencido de que recordar solo serviría para aumentar la culpa.
Mariana se acercó.
«¿Perteneció a mi madre?», preguntó.
Ernesto pasó los dedos sobre las