El sol del atardecer teñía las cumbres de la cordillera con un manto iridiscente de tonos dorados, violetas y grises. Desde la meseta más alta del Monte Obsidian, donde antaño solo se escuchaban el aullido del viento gélido y las marchas de las patrullas fronterizas, el paisaje se desplegaba ahora como un lienzo monumental de vida y plenitud.Abajo, en el gran valle que conectaba las provincias del sur con el libre Territorio Obsidian, los tejados de piedra y madera de la nueva capital resplandecían bajo los últimos rayos del día. Los caminos principales, iluminados por faroles de bronce y cristales de luz celestial, estaban concurridos por familias que celebraban el noveno aniversario del Tratado de la Cumbre Helada. El murmullo festivo de las arpas, los cantos de los trovadores y la risa lejana de los niños ascendían por la ladera de la montaña como una sinfonía de paz incuestionable.En la terraza superior del bastión de la Alianza, Kaelia y Darek permanecían en silencio, contempla
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