El trayecto hacia la Villa de Tulipanes se hizo en un silencio casi insoportable. Dentro del coche, Loren mantuvo la mirada fija en la ventana, observando cómo la ciudad quedaba atrás y era reemplazada poco a poco por caminos más apartados, rodeados de árboles, campos perfectamente cuidados y senderos bordeados de flores. Cuando finalmente el vehículo atravesó los portones de hierro forjado, Loren comprendió por qué la llamaban así. La villa era majestuosa. Un edificio de piedra clara, con balcones de hierro negro, grandes ventanales y una arquitectura elegante de estilo antiguo. A su alrededor, enormes jardines de tulipanes se extendían como un mar de colores: rojos profundos, blancos puros, violetas y amarillos que se mecían bajo la luz suave de la tarde. Era hermoso. Demasiado hermoso. Y, sin embargo, para Loren no era más que otra prisión. El coche se detuvo frente a la escalinata principal. Damian descendió primero, sin molestarse en ofrecerle una mano. Loren bajó por su
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