Trabajar con Armando era como operar un mecanismo de relojería suiza a marchas forzadas. No toleraba los titubeos, pero, para su propia sorpresa, Rebeca Fernández no sabía lo que era dudar. En apenas unos días, el despacho de la dirección financiera general se había convertido en un búnker de alta estrategia donde ambos se complementaban de forma casi simbiótica.
Mientras Armando aportaba la visión macroeconómica y la agresividad comercial heredada de su imperio familiar, Beca desglosaba los ri