La celebración en casa de Beca se sentía a un millón de kilómetros del protocolo asfixiante de la universidad. La sala estaba decorada con globos sencillos y el aire estaba impregnado del aroma a guiso casero, ajo tostado y café recién colado. En la mesa de madera pulida, los cuatro platos hondos habituales se habían multiplicado para recibir a la familia y a Beto, quien acababa de llegar al porche de la vivienda sosteniendo un imponente ramo de orquídeas blancas, con el corazón inflado de orgu