Nina cayó con un golpe sordo entre los rosales.
El sonido resonó en el jardín como algo definitivo.
Por un segundo, nadie se movió.
Entonces la puerta de cristal se abrió con violencia.
Rafael cruzó el espacio en pocos pasos.
—¡Nina!
Se arrodilló junto a ella, ayudándola a sentarse. Nina gimió, la mano posándose inmediatamente sobre su propio vientre.
—Me duele… —susurró, demasiado frágil—. Mi barriga…
La sangre de Rafael se heló.
—Llama al coche. ¡Ahora! —ordenó a los guardias.
Dos hombres apa