El tiempo pasó rápido. Santiago creció, y cada día traía nuevas sorpresas. Helena y Máximo documentaban cada momento: la primera sonrisa, la primera palabra, el primer diente.—Mamá —dijo Santiago un día, señalando a Helena con su dedito regordete.Helena sintió que el corazón se le derretía.—¡Dijo mamá! —gritó, emocionada. —Máximo, ¡dijo mamá!Máximo llegó corriendo desde la oficina que tenía en casa, dejando el teléfono y los papeles volando.—¿Qué? ¿Dijo mamá? ¡Dilo otra vez, hijo! —dijo, arrodillándose junto a su hijo. —Dime, papá, dilo.—Mamá —repitió Santiago, con una sonrisa de dientes de leche.—Es increíble —susurró Máximo, con lágrimas en los ojos. —Nunca había escuchado algo tan hermoso.—Celoso, ¿verdad? —bromeó Helena.—Un poco —admitió él, riendo. —Pero bueno, tendré que conformarme con ser el segundo.Los primeros pasos llegaron unos meses después. Santiago estaba en la sala de estar, agarrado a la mesa de centro, cuando soltó una mano y dio un tambaleante paso hacia a
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