Máximo apareció en la puerta, apoyado en el marco con una sonrisa que aún lograba hacerle latir el corazón más rápido, incluso después de treinta años de matrimonio. Tenía sesenta años, y aunque su cabello ya era completamente gris y su rostro mostraba las arrugas de una vida bien vivida, sus ojos seguían teniendo ese brillo de determinación que Helena había visto por primera vez en la universidad, cuando era un joven arrogante que creía que el mundo le pertenecía. Llevaba un traje gris oscuro