Después del discurso, Helena y Máximo se acercaron a Santiago, que estaba hablando con algunos amigos. Ver a su hijo, tan feliz, tan lleno de vida, era una de las mayores alegrías de sus vidas.—Hijo, ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó Máximo, poniendo una mano en el hombro de Santiago.—Claro, papá —respondió Santiago, separándose de sus amigos.Se sentaron en una mesa apartada, y Máximo tomó la mano de su hijo.—Santiago, quiero decirte algo. Algo que quizás ya sabes, pero que necesito decirte en voz alta.—Dime, papá —respondió Santiago, con curiosidad.—Hace treinta años, yo estaba a punto de perder a tu madre. Fui un idiota, un hombre que no sabía lo que tenía hasta que casi lo perdió. Pero ella me dio una segunda oportunidad. Y esa oportunidad cambió mi vida.Santiago asintió, con los ojos brillantes.—Lo sé, papá. Mamá me ha contado la historia muchas veces.—Entonces sabes que no fue fácil. Que hubo momentos en los que todo parecía perdido. Pero nunca me rendí. Y ella
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