El sábado llegó, y Helena y Máximo se prepararon para la cena con Jimena. No era fácil. Había heridas que aún sanaban, recuerdos que aún dolían. Pero estaban dispuestos a intentarlo.Cuando llegaron a la casa de Jimena, ella los recibió con una sonrisa temblorosa.—Gracias por venir —dijo, y su voz era un susurro.—Gracias por invitarnos —respondió Helena, con una sonrisa cortés pero sincera.La cena fue incómoda al principio. Hubo silencios, miradas evasivas, palabras medidas. Pero poco a poco, la tensión comenzó a disiparse.Jimena habló de su terapia, de sus avances, de sus arrepentimientos. Helena escuchó, y por primera vez, sintió algo más que rabia hacia su suegra. Sintió compasión.—No espero su perdón —dijo Jimena, al final de la cena. —Pero quiero que sepan que lo siento. De verdad.Helena la miró, y después de un largo silencio, asintió.—No puedo olvidar lo que pasó. Pero puedo intentar seguir adelante. Y tal vez, con el tiempo, podamos construir algo nuevo.Jimena sonrió,
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