Helena lo miró, y en sus ojos vio al hombre que había aprendido a amar. No al CEO arrogante, no al esposo distante que la había hecho sentir invisible durante tres años. Al padre que estaba a punto de ser, al hombre que había luchado por ella, que había aprendido a confiar, que había cortado lazos con su madre manipuladora y se había atrevido a empezar de nuevo.
—Nuestro —repitió ella, y sonrió con una felicidad que le llenaba el pecho. —Mira cómo se mueve, está inquieto, como su padre.
Máximo