Jimena estaba en la sala de su casa, con una copa de vino en la mano y una sonrisa de satisfacción en los labios. El plan con Mónica estaba funcionando. Helena estaba al borde del colapso, y su hijo, aunque terco, eventualmente entendería que ella siempre había tenido la razón.El timbre de la puerta la arrancó de sus pensamientos.—Abra usted —le dijo a la sirvienta, sin levantarse.Pero cuando la puerta se abrió, Jimena sintió que el vino se le atragantaba en la garganta.Valentina.Su hija mayor, la que siempre había sido una desobediente, la que había elegido una carrera que ella desaprobaba, la que se había casado con un hombre que no era de su agrado, la que había tenido el descaro de vivir su vida sin pedirle permiso. Estaba ahí, en el umbral de su casa, con una mirada de acero y una postura que no era de visita, sino de guerra.—Madre —dijo Valentina, entrando sin invitación. —Necesito hablar con usted.Jimena se puso de pie lentamente, ajustando su vestido de seda con dignidad
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