ZoeLa sala de juntas del último piso olía a cuero costoso, café recién molido y una tensión implacable. En el centro de la mesa ovalada, ocupando la cabecera con una presencia imponente y una mirada de acero, estaba Richard Miller, el fundador del imperio, el patriarca cuya aprobación o desprecio podía definir el destino de cualquier ejecutivo en esta ciudad. A su lado, Eleanor me observaba con una sonrisa falsa y helada, mientras que Alexander, a unos metros, no despegaba sus ojos de mi rostro, cargados de una fijación que me quemaba la piel.Respiré hondo, conecté mi unidad de memoria al sistema central y presioné el mando para proyectar el informe frente a los accionistas.La pantalla gigante parpadeó. Pero en lugar de las gráficas de rendimiento y los análisis de mercado que había preparado meticulosamente hasta las tres de la mañana, apareció una serie de archivos corruptos, textos superpuestos e imágenes distorsionadas
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