Zoe
La mirada de Alexander era una navaja afilada atravesándome la piel. Los nudillos de sus puños estaban blancos por la fuerza con la que apretaba las manos a los lados de su cuerpo, y la vena en su cuello latía con una furia que amenazaba con hacer estallar la estancia.
Al notar mi rigidez, Christopher me soltó despacio, deslizando sus manos con una lentitud casi deliberada desde mi cintura hasta posicionarse a mi lado,