AlexanderEl cristal del vaso de whisky quemaba en la palma de mi mano. El bar del club privado estaba sumido en una luz cálida, donde el murmullo de los hielos y el jazz suave creaban una atmósfera pesada, casi sofocante.Me pasé los dedos por el puente de la nariz, agotado. No llevaba chaqueta ni corbata; solo la camisa blanca con los dos primeros botones abiertos. Intentaba ahogar en alcohol la imagen de la mujer que amaba mirándome con desprecio cuando unos tacones finos resonaron contra el piso.—Sabía que te encontraría aquí —murmuró Zara, deslizándose en el taburete contiguo con una gracia ensayada. Llevaba un vestido negro ceñido y los labios pintados de un rojo sangriento, pero en la comisura de sus ojos había un temblor imperceptible, una grieta en su impecable armadura de seda.—No estoy de humor para tus juegos, Zara —dije sin mirarla, tomando un trago largo que me abrasó la garganta—. Regresa a tu casa.
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