Zoe
El motor del todoterreno rugía suavemente mientras dejamos atrás el denso tráfico de la capital y el perfil de los rascacielos se diluía en el espejo retrovisor. Por primera vez en semanas, el aire que entraba por la ventanilla no olía a asfalto ni a la sofocante presión de las oficinas centrales. Olía a pino, a tierra húmeda y a esa libertad que creí haber perdido para siempre.
Christopher conducía con una mano sobre el