Zara Montero no tardó ni veinticuatro horas en convertir el desastre en su mayor escenario. Frente a las cámaras de los programas de espectáculos más vistos del país, lució un vestido sobrio, un maquillaje minimalista y una mirada cargada de una falsa vulnerabilidad impecablemente ensayada. Ante los micrófonos, se presentó como una víctima más del destino. Afirmó con voz trémula que las fotografías habían sido «sacadas de contexto», que ella jamás habría deseado arruinar la felicidad de Alexander y que lamentaba profundamente el «desenlace impulsivo» de la boda. Sin embargo, con una astucia calculadora, evitó dar explicaciones sobre lo que realmente ocurrió esa noche en su apartamento, dejando en el aire la duda suficiente para que el público sacara sus propias conclusiones.Mientras tanto, en la casa de campo, mi teléfono no paraba de sonar. Mis compañeros de departamento, preocupados al ver cómo el escándalo cobraba fuerza en la ciudad, lograron comunicarse conmigo para saber cómo e
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