Zoe
El vestíbulo de Empresas Miller se sentía esa mañana como un circo romano.
Al cruzar las imponentes puertas de cristal, el murmullo de las conversaciones se cortó de golpe. Los empleados que abarrotaban la recepción —desde los ejecutivos de cuentas con trajes impecables hasta las recepcionistas del mostrador— giraron las cabezas hacia mí con la misma curiosidad morbosa con la que se mira un accidente en la autopista. Los t