Los días en la finca intentaban cobrar una fachada de normalidad, pero la sombra de la ciudad me perseguía a cada segundo. Intentaba adaptarme a las labores del campo para mantener mi mente ocupada, aunque apenas lograba dormir un par de horas por noche y evitaba a toda costa revisar la pantalla de mi teléfono.
Una mañana gris, mientras ayudaba a mi padre a alimentar a los caballos en el establo exterior, el crujido de unas hojas secas cerca del cerco de madera me hizo dar la vuelta. Entre los