ZoeEl peso constante de un brazo masculino cruzado sobre mi cintura fue lo primero que me devolvió a la realidad.Abrí los ojos despacio, parpadeando contra la luz dorada del sol de la mañana que se filtraba entre los pinos y atravesaba la ventana de la cabaña. El calor bajo las sábanas era sofocante, pero lo que de verdad me cortó la respiración fue la calidez de la espalda desnuda pegada a mi pecho y el ritmo pausado de la respiración de Alexander.El recuerdo de la noche anterior me golpeó con la fuerza de un jarro de agua helada. El alcohol, la fogata, la confesión, el tobillo... y el incendio descontrolado que habíamos desatado sobre este colchón.—Oh, no. No, no, no —murmuré, sintiendo que el pánico me aceleraba el pulso.Retiré su brazo con un cuidado extremo, pero Alexander se movió al instante. Soltó un gruñido bajo, ronco por el sueño, y apretó su agarre en mi cadera, pegándome todavía más a su cuerpo sin siqu
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