Zoe
El abrazo de Alexander me oprimió el pecho. Sentir la solidez de su cuerpo contra el mío apagó de golpe todo el frío de la montaña, pero encendió un pánico distinto en mis entrañas: el de saberme completamente vulnerable ante él. Le clavé los dedos en la espalda con desesperación, pegándome a su calor como si me estuviera ahogando, hasta que un quejido agudo de dolor se me escapó entre los dientes al intentar reacomodar