Zoe
Las horas pasaron con lentitud. Una maldita y desesperante lentitud que me estaba volviendo completamente loca a medida que la realidad me caía a plomo: estaba siendo ignorada.
Ni un mensaje, ni una llamada, ni la más mínima señal de vida. Nada. Alexander leyó mis palabras y decidió que ni siquiera valía la pena molestarse en teclear una respuesta. Cada minuto que pasaba frente al teléfono en silencio no solo me car