La lluvia comenzó a caer poco antes del anochecer, cubriendo los amplios jardines de la residencia King con un velo plateado que parecía envolver la mansión en un extraño silencio. Elena permanecía sentada junto al escritorio de la habitación que durante años había compartido con Sebastian, aunque aquella noche la distancia entre ambos resultaba mucho mayor que el tamaño de la habitación. Frente a ella descansaban varios cuadernos nuevos, una pila de libros que había comprado aquella tarde y la vieja libreta negra que había rescatado del fondo de su armario. Mientras observaba cada uno de aquellos objetos, comprendía que, por primera vez en mucho tiempo, no los contemplaba con nostalgia, sino con ilusión. Durante varios minutos permaneció inmóvil, acariciando distraídamente la portada del primer cuaderno. Después tomó una pluma y respiró profundamente antes de escribir sobre la primera página una frase que apareció casi sin pensarlo, como si hubiera permanecido escondida dentro de el
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