El teléfono encriptado sobre la gran mesa de caoba comenzó a emitir un zumbido grave y metálico. El salón entero, rodeado por la imponencia de Ángelo, Li Wei, Zhang, Damián, Alessandro y Thiago, quedó sepultado en un silencio absoluto. Luciana, con el pecho agitado tras el desastre de las rosas rojas, apenas se atrevía a respirar.Ángelo presionó el altavoz con una fuerza que amenazaba con romper la pantalla táctil.—Sea quien sea el infeliz al otro lado... acaba de firmar su sentencia de muerte —escupió Ángelo con una voz cargada de veneno.Desde los altavoces, la respiración pausada y firme de Enzo resonó en la habitación, seguida de una voz tan grave y autoritaria que hizo temblar el aire:—Non ti arrabbiare così tanto, suocero... Non ti fa bene al cuore. (No te enojes tanto, suegro... No le hace bien a tu corazón.) —dijo Enzo en un italiano impecable, helado y descarado.Ángelo clavó los ojos en el dispositivo, respondiéndole al instante en el mismo idioma de sus ancestros, con l
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