El vehículo blindado se deslizaba por las calles oscuras de la ciudad, alejándose de la mansión Di Santi. El silencio en el interior era denso, sofocante. Enzo daba una calada profunda a su cigarrillo, mirando por la ventana con los ojos perdidos en la penumbra, mientras el humo denso llenaba la cabina.Larry manejaba con la mirada fija en el frente, pero el sudor frío en la nuca delataba su inquietud. Había visto a su Capo matar hombres sin pestañear, pero la ternura mezclada con furia salvaje que mostró al tocar a Luciana era algo completamente nuevo... y perturbador.—Patrón... —comenzó Larry, midiendo cuidadosamente cada palabra—. Ya se siente más tranquilo al verla? Ella está bien... dentro de todo lo que pasó, se ve fuerte.?Enzo soltó el humo despacio. Una sonrisa lánguida, cargada de una posesividad enfermiza, se dibujó en su rostro.—Sí, Larry. Mi futura esposa está bien —respondió Enzo con esa voz grave que vibraba en el pecho—. Es indomable, como su sangre.Larry tragó sali
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